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Las «maravillas» del coche autónomo

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Mucho se está hablando de un tiempo a esta parte, ya significativamente extenso como para tomarlo en consideración, de la llegada y futura implantación del coche autónomo.

Todo comenzó allá por 2005, cuando Google dio notoriedad a este hecho ganando con un equipo formado por 15 de sus ingenieros el DARPA Grand Challenge organizado por el Departamento de Defensa de los Estados Unidos, gracias a un proyecto primigenio que no ha hecho más que avanzar, desarrollar y perfeccionar hasta llegar al Google Self-Driving Car Proyect o, simplemente, Google Car.

Claro, con este inesperado desenlace, la legislación de cualquier país (en este caso EE.UU. y concretamente el estado de Nevada) fue sorprendida en paños menores, y con la gran G presionando para que el estado permitiese el establecimiento de leyes para coches sin conductor, no quedó otro remedio que ponerse manos a la obra y legislar algo que parecía sacado de cualquier película de ciencia ficción de un futuro aún lo suficientemente lejano. Estaban equivocados, el futuro ya estaba aquí, y en mayo de 2012, el Nevada Department of Motor Vehicles, expidió la primera licencia para un coche autónomo: un Toyota Prius modificado con la tecnología experimental driverless de Google.

Coches autónomos de Google

Además del Prius, Google también utiliza diferentes Audi TT y Lexus RX450h, aunque desde 2014 Google ha desarrollado asimismo su propio vehículo autónomo personalizado, montado por Roush Enterprises y utilizando equipos de Bosch, ZF Lenksysteme, LG y Continental. Además de ponerse en contacto con fabricantes como General Motors, Ford, Toyota, Daimler y Volkswagen. Ya no es solo Google, ahora medio mundo está involucrado y su avance es imparable.

Los coches autónomos de Google llevan alrededor de 150.000 dólares en el equipo, incluyendo un sistema LIDAR de 70.000 $ que permite determinar la distancia desde un emisor láser a un objeto o superficie utilizando un haz láser pulsado. Estos sistemas permiten al vehículo generar un mapa 3D tremendamente detallado de su entorno. El coche toma entonces estos mapas generados y los combina con mapas en alta resolución del mundo (incluyendo los suyos propios como Google Hearth, Maps y StreetView), para generar diferentes tipos de modelos de datos que permiten la conducción por sí mismos.

Coche autónomo de Google

Evidentemente existen limitaciones, ya que puede encontrarse con señales temporales poco visibles, un guardia que hace gestos, calzadas en mal estado, baches, una simple bolsa de plástico que toma como un obstáculo a esquivar o condiciones climatológicas determinadas que hacen que el sistema no sepa interpretar pasando a modo “extra prudente” que lo hace más lento. Es por esto que Google debe además enseñar a sus coches a «pensar» e «interpretar», y saber discernir como un humano cuándo una situación requiere de interpretación lógica o abstracta. A pesar de ello, Google afirma que estos problemas estarán corregidos antes de 2020.

De todas formas, Google ya ha recorrido en pruebas con su flota de vehículos en modo autónomo y hasta marzo de 2016, un total de 2.411.142 kilómetros con un balance de sólo 14 accidentes a partir de julio de 2015, o más bien conatos de accidentes, y todos salvo uno por causas ajenas a Google ya que estaban siendo conducidos manualmente o que el conductor del otro vehículo tuvo la culpa. Aquél en el que un Lexus RX345h rozó un autobús urbano el pasado 14 de febrero de 2016 y que fue tomado como una experiencia más de aprendizaje: «A partir de ahora, nuestros coches entienden más profundamente que los autobuses son menos propensos a ceder el paso que otros tipos de vehículos».

Con todo, no son sólo las implicaciones tecnológicas o de desarrollo que supone la conducción autónoma, sino el contenido moral y filosófico que además lleva aparejado este hecho, ya que según una carta de la National Highway Transportation Safety Administration (NHTSA) remitida a Chris Urmson, Director del proyecto de vehículo autónomo de Google “el conductor de un vehículo autónomo es el ordenador y el software diseñados para ello”, afirmación que viene a reforzar la intención de eliminar pedales, volante y cualquier tipo de control que permitiese a un pasajero interferir en la conducción, aspecto que por cierto Google viene persiguiendo desde la creación del Google Car, tanto en cuanto la compañía sólo se hace responsable de la seguridad del vehículo si y sólo si es ella la que lo conduce. Sin interferencias humanas. Y para ello es necesario quitarle incluso la opción de poder hacerlo.

Una de las metas que se desprende de todo esto es clara y más que loable: perseguir los cero accidentes y cero víctimas, que ya de por sí merece toda esta inversión e investigación. La racionalización del transporte, seguridad y consumo, es indudablemente meritoria y deseable. Pero, un momento, también implica cero infracciones y cero multas. Un mundo utópico al alcance de la mano, pero con un ligero contratiempo colateral: si no hay multas, no hay ingresos. Y con semejante maquinaria de recaudar efectivo a un ritmo de cuatro multas por minuto, que hacen un total de 2.099.475 denuncias y que suman un valor económico de 206.714.400 euros —sólo en Madrid capital y según el último informe de la AEA—, el acabose de multas de tráfico sería una pérdida de ingresos considerable.

Pero no nos preocupemos. Si baja la recaudación por infracciones de tráfico y puesto que además cada vez se consume menos derivados del petróleo porque proliferan los híbridos, eléctricos y demás… ¡pues nos inventamos un impuesto al sol! (¿de qué me suena esto?). Quizá España esté entre los países que más dificultan la innovación junto a China, India, Nigeria, Rusia e Indonesia, pero a la hora de buscar alternativas para llenar las arcas a base de impuestos sabemos muy bien cómo hacerlo. Illinois, por ejemplo, pretende poner impuestos al coche por distancia recorrida, pero ahí sí que no nos ganan porque la DGT ya tuvo esta idea, la última vez en 2011, con la que Pere Navarro pretendía imponer un gravamen de entre 10 y 15 céntimos por kilómetro con el que quería recaudar 25.000 millones de euros extra al año en España. Problema solucionado.

En fin, son apasionantes los cambios que estamos viviendo y que nos esperan a la vuelta de la esquina en relación con el mundo del automóvil. El vehículo autónomo, la impresión 3D en automóviles y el presumible adiós a las cadenas de montaje tal y como las conocemos hoy en día desde el Ford Modelo T; o la Tesla del señor Elon Musk con su curiosa forma de financiar un nuevo modelo como el Model 3, con el que ha conseguido mediante crowdfounding casi 300.000 reservas a razón de 1.000 $ cada una, son sólo alguno de estos cambios.

Está claro que la forma en la que conocemos los coches está cambiando de manera vertiginosa y en algunos casos definitiva. Sergey Brin, uno de los fundadores de Google se muestra muy ilusionado en este aspecto:

“La razón por la que estoy tan entusiasmado sobre estos prototipos y el proyecto de vehículo autónomo en general es que tenemos la posibilidad de cambiar el mundo que nos rodea”

Sin embargo, para los que nos gusta pisar pedales, cambiar marchas y girar volantes mientras oímos rugir un V8 impregnados en olor a gasolina y neumático quemado, hay algo que no acaba de tranquilizarnos en este nuevo, aséptico y deshumanizado panorama.

¿Nuevas emociones?

 

ImágenesGoogle Self-Driving Car Project, Icons made by Freepik from www.flaticon.com is licensed by CC 3.0 BY y elaboración propia.

 

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